Colaboración femenina en escenarios bélicos en época romana[1]

Female collaboration in war scenarios
in the Roman era

Maddi Izaguirre Ayestaran
Université Paris 1, Panthéon-Sorbonne – Universidad del País Vasco (UPV/EHU)

Resumen: En este trabajo se analizan las múltiples formas de colaboración femenina para la defensa de las ciudades recogidas en la literatura grecorromana. El corpus textual con el que se trabajará comprende episodios históricos que abarcan, principalmente, desde el siglo iii a. C. hasta el siglo iii d. C., procedentes de distintas regiones de la órbita romana, con el propósito de ofrecer una visión más amplia del fenómeno. En ellos destaca especialmente el papel activo de las matronas en dicha tarea y las iniciativas que desarrollaron de forma colectiva para salvaguardar la continuidad de sus ciudades. El estudio pretende destacar el papel esencial de las mismas en el espacio público, centrándose en la expresión de un patriotismo femenino.

Palabras clave: colaboración femenina, defensa, ciudad, escenarios bélicos, prodigios.

Abstract: This paper analyses the multiple forms of female collaboration in the defence of cities recorded in Greco-Roman literature. The textual corpus to be worked on comprises historical episodes spanning mainly from the 3rd century BC to the 3rd century AD, originating from different regions of the Roman orbit, with the aim of offering a broader view of the phenomenon. These texts especially highlight the active role of matrons in this task and the initiatives they developed collectively to safeguard the continuity of their cities. The study aims to emphasize their essential role in the public sphere, focusing on the expression of female patriotism.

Keywords: female collaboration, defence, city, war scenarios, prodigies.

Laburpena: Lan honetan, literatura greko-erromatarrean agertzen diren hiriak defendatzeko emakumeek elkarlanean jarduteko erabiltzen zituzten askotariko moduak aztertzen dira. Fenomenoaren ikuspegi zabalagoa emateko asmoz, landuko den testu-corpusak erromatarren eremuko hainbat eskualdetako gertaera historikoak biltzen ditu, batez ere K.a. III. mendetik K.o. III. mendera bitartekoak. Gertaera horietan, emaginek elkarlanean jarduteko izan zuten zeregin aktiboa nabarmentzen da bereziki, baita beren hiriek aurrera jarraitu ahal izateko elkarrekin egin zituzten ekimenak ere. Azterlan honen bidez, emakumeek espazio publikoan izan zuten funtsezko zeregina nabarmendu nahi da, emakumeen abertzaletasunaren adierazpenean oinarrituta hartarako.

Gako hitzak: emakumeen arteko elkarlana, babesa, hiria, egoera belikoak, mirariak.

* Correspondencia a / Correspondence to: Maddi Izaguirre Ayestaran, Université Paris 1, Panthéon-Sorbonne / Universidad del País Vasco (UPV/EHU) — maddi.izaguirre@ehu.eus — http://orcid.org/0009-0003-7915-8862.

Cómo citar / How to cite: Izaguirre Ayestaran, Maddi (2026), «Colaboración femenina en escenarios bélicos en época romana», Veleia, 43, 73-89. (https://doi.org/10.1387/veleia.27632).

Recibido:22 junio noviembre 2025; aceptado: 1 octubre 2025.

ISSN 0213-2095 - eISSN 2444-3565 / © 2026 UPV/EHU Press

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1. Introducción

Hasta hace relativamente poco, las mujeres romanas eran representadas como figuras relegadas al ámbito doméstico en el que desempeñarían un rol pasivo en la vida cotidiana, siendo asociadas casi exclusivamente a las tareas del hogar y la crianza. Tal y como apunta Foxhall 2013, 4, esto se debe a que las tradiciones académicas decidieron emplear de forma literal la información proporcionada por los escritores antiguos sobre las mujeres, dando por sentado que la falta de importancia de las mismas para el desarrollo de la civilización clásica, y, por lo tanto, su invisibilidad en la Antigüedad clásica era «natural». La ausencia de una visión crítica que cuestionara el relato, y, por supuesto, la coyuntura histórica de la época hizo que arraigara en la sociedad una narración sesgada y distorsionada que ha perdurado en el tiempo.

Tal y como apuntó Nicole Loraux, los datos históricos que los textos presentan no solo se deben entender como sucesos reales, sino también como expresiones de las estructuras mentales y culturales de una época, y como tales ofrecen una visión muy sesgada de la realidad (apud Alganza 1990, 56-57). Dicho esto, siendo la romana una sociedad que de base no concebía a la mujer en la esfera pública, el relato histórico también está condicionado por esta misma visión, lo cual hace aún más difícil seguir la pista de aquellas que tuvieron una relevancia en estos espacios. Y más aún de aquellas que, como es el caso de lo bélico, ocuparon un lugar y manifestaron un comportamiento que se suponía puramente masculino.

Las recientes investigaciones ponen de relieve la multiplicidad de espacios que ocuparon las mujeres en la antigua Roma, e incluso se recogen testimonios femeninos en aquellos escenarios que tradicionalmente se han considerado exclusivamente masculinos. Este trabajo se centra en uno de ellos, concretamente el de los contextos bélicos, uno de los campos de estudio que en los últimos años ha experimentado un auge considerable gracias a los numerosos trabajos publicados al respecto[2].

Un detallado análisis de los testimonios literarios revela que la presencia femenina en estos contextos no se limitó a un rol pasivo de mero espectador, sino que las mujeres tuvieron la determinación y la capacidad de organizar y llevar a cabo acciones conjuntas, siendo su papel decisivo en determinadas ocasiones. Plutarco, en su excepcional obra Mulierum virtutes, fue de los primeros en consagrar íntegramente una obra a las mujeres y a la exaltación del heroísmo femenino. Se trata de una puesta en valor de las gestas femeninas, tanto colectivas como individuales, muchas de las cuales están directamente ligadas al ámbito militar. La narración pone en valor su coraje, así como su capacidad de coacción y mediación. En suma, son reconocidas como virtuosas, en el sentido de valerosas, gracias precisamente a sus muestras de valor. Tanto el programa como el contenido que presenta su obra son bastante novedosos si atendemos al contexto helenístico y romano del siglo ii d. C. en el que vivió, pues equipara a las mujeres con los hombres en su conducta moral y de virtus (Schmitt 2009, 46-50). Además, ofrece un claro ejemplo de que las mujeres también se vieron implicadas en las contiendas bélicas en las que colaboraron activamente.

Dicho esto, el propósito de este estudio es contribuir a visibilizar la presencia activa y la interacción de las mujeres en los escenarios bélicos, así como analizar los mecanismos de cooperación entre ellas. Las fuentes escritas relatan diferentes vías a las que las mujeres recurrieron para colaborar en la guerra a través de su participación en el espacio público: no solo en operaciones militares colectivas que fueron necesarias en este escenario, sino que también contribuyeron en iniciativas de petición de ayuda a los protectores divinos de la comunidad en ese mismo contexto bélico. Su intervención en ambos casos quedaría justificada, como indican Domínguez & Puyadas 2018-2019, 124-125, porque «este carácter excepcional de la guerra propició un escenario favorable para que las mujeres romanas pudiesen ir más allá de los roles tradicionales e interviniesen, incluso, en asuntos públicos».

Para abordar estos temas se buscará apoyo en varias referencias recuperadas de los autores clásicos que narran los hechos de entre el siglo iii a. C. y el iii d. C. A continuación, se analizarán las dos vertientes mencionadas de contribución femenina en algunos entornos en los que la actuación conjunta de las mujeres parece haber sido determinante para la ciudad: por una parte, en contextos bélicos durante el sitio de una ciudad, y, por otra parte, ante la manifestación de un prodigio. Finalmente, concluiré con unas últimas reflexiones derivadas del análisis realizado.

2. Mujeres en la defensa de la comunidad

Las mujeres combatientes han sido presentadas habitualmente como excepciones que confirman la regla esencialista que atribuye a las mujeres una disposición dulce, pasiva, e inocente, más apropiada para los roles de víctimas y pacificadoras que para el de combatientes. Aquellas que no responden a estos calificativos están fuera de la «normalidad», y pierden su «feminidad» (Morelli 2017, 8-9).

Esta misma cuestión puede extrapolarse a los estudios de la Antigüedad, donde esta visión imperante de la mujer como víctima ha hecho que su rol se haya visto muy limitado en las narraciones bélicas[3]. De todas formas, tampoco nos debería resultar tan extraño que las mujeres se implicaran en el combate, sobre todo si se trataba del asedio de su ciudad, ya que seguramente ellas mismas serían conscientes del futuro que les esperaría si el resultado de la guerra no era favorable. Como bien señala Antela-Bernárdez 2008, 316-319, las mujeres han sido uno de los símbolos de la victoria desde la Antigüedad, y uno de los colectivos más perjudicados por la guerra. Los asedios romanos eran un escenario marcado por la violencia sexual ejercida hacia las mujeres del bando enemigo, y la gran mayoría de ellas tuvo que pasar momentos de mucho sufrimiento al tener que someterse a la potestad de un general romano. Tras una derrota frente a los romanos, aquellas mujeres que sobrevivían a la muerte y no habían recurrido al exilio pasaban a las manos del general victorioso como parte del botín, y, a partir de este momento, la mayoría de ellas terminaba en la esclavitud, en el servicio doméstico, en el trabajo sexual o realizando actividades rurales y mineras. En la misma línea que Antela-Bernárdez en el trabajo citado, Rubiera y Guantes señalan que «la humillación, los malos tratos, las violaciones o el cautiverio infringido a las mujeres representa simbólicamente la capitulación del enemigo, en tanto que la propiedad arrebatada al adversario» (2024, 51)[4]. Esta violencia contra los cuerpos femeninos ya queda patente en unos hechos del siglo iii a. C., en el discurso que el pueblo locrio dirigió al senado romano (ca. 210 a. C.), en el cual condenaron la actitud salvaje de los soldados romanos, la negligencia de Escipión, y, especialmente, la violencia ejercida sobre sus mujeres (Liv. 29.17.10-20). Dicho esto, a sabiendas de las consecuencias negativas que podría tener el conflicto para ellas, encaja perfectamente dentro de la lógica que las mujeres también se implicaran en la contienda. Y lo hicieron de diversas formas, algunas de las cuales se analizarán a continuación.

2.1. Combate armado de las mujeres

Según las fuentes literarias[5], el combate cuerpo a cuerpo parece ser algo anecdótico y anómalo para las mujeres. Sin embargo, si buscamos con atención en la literatura grecorromana, nos percatamos de que, aunque sean casos aislados, las mujeres también lucharon en la primera línea de la batalla. Polibio, Plutarco y Apiano, junto con autores que escribieron sobre estrategia militar, como Polieno[6] y Eneas el Táctico, son las fuentes más directas para conocer estos sucesos. La literatura relata que la implicación directa de las mujeres en este tipo de enfrentamientos parece corresponder a eventos excepcionales y marginales, y las intervenciones suelen tener un tinte improvisado, siendo carentes de una estructura organizativa y estando destinadas sobre todo a reforzar la acción de los hombres para restablecer el statu quo ante (Eramo 2022, 96-97).

La mayoría de las veces se trata de mujeres no romanas que toman las armas y luchan en campo abierto al lado de sus conciudadanos masculinos, por lo que, para algunos, esto ha servido como pretexto para construir el eterno tópico de la mujer combatiente bárbara. No es mi intención detenerme a analizar cada uno de los casos, pero sí que es interesante dedicarle cierto espacio al topos historiográfico que se ha creado sobre las mujeres hispanas, dado que muchos autores parecen resaltar la especial belicosidad y el temperamento heroico de las mismas.

El ejemplo de las mujeres de Salmantica es uno de los más ilustrativos. Autores como Polibio[7], Tito Livio[8], Plutarco[9] y Polieno[10] narran los hechos acaecidos en esta ciudad, pero solamente los dos últimos hablan de la participación heroica de las mujeres. En el bien conocido episodio de la toma de la ciudad de Salmantica[11] en el 220 a. C., Aníbal, en su paso por Hispania y decidido a hacer la guerra a los saguntinos, lanzó primero un ataque contra otras ciudades. Livio y Polibio no dedican más que unas pocas palabras a este suceso y no entran en detalles; Plutarco y Polieno, sin embargo, se explayan más en su relato y cuentan lo que otros autores omiten. Los habitantes de Salmantica, al parecer, no respetaron un pacto que habían acordado con los cartagineses a cambio de la liberación de su ciudad que había sido asediada, lo que llevó a los cartagineses a reanudar el asalto. Los de Salmantica, entonces, armaron una estrategia en colaboración con sus esposas: los hombres salieron al encuentro del enemigo aparentando una rendición, mientras que las mujeres los acompañaban llevando consigo a escondidas las espadas que sus maridos no podrían portar ya que iban a ser inspeccionados. Una vez en posición, estas entregaron las armas a los hombres, desencadenando un ataque en el que ellas mismas participaron atacando a los guardianes usando estas espadas (τὸ ξίφος). Tuvo que tratarse de un acto premeditado y organizado en el que las mujeres estuvieron presentes y tomaron la iniciativa de efectuar la acción con una actitud resolutiva. Para Polieno dicha empresa fue audaz y decisiva para la liberación de su patria y bienes (τήν τε πατρίδα καὶ τὰ χρήματα). Pero lo que es sumamente interesante es la terminología empleada tanto por Plutarco como por Polieno para referirse a ellas, y es que ambos se refieren a estas como bárbaras (οἱ βάρβαροι), lo cual para los romanos justificaría la implicación femenina en una acción bélica. Estas, al pertenecer a una comunidad bárbara, carecen de la moral romana, lo cual hace comprensible su participación salvaje, siendo algo inadmisible para una «ciudadana» romana.

Este tópico acerca de las mujeres hispanas se corrobora con otro episodio similar al anterior y que, entre otros autores, narra Apiano a colación de la ardua resistencia interpuesta por las comunidades para detener la campaña que Décimo Junio Bruto Gallaico llevó a cabo en Lusitania[12]. Una vez más, el autor griego subraya cómo las lusitanas combatieron junto a los hombres y morían con ellos, y, aunque en este caso no especifica el tipo de arma empleado, sí que insiste explícitamente en recalcar que ellas también iban armadas (γυναιξὶν ὡπλισμέναις, literalmente «mujeres armadas’). Se puede suponer que, en este caso, el autor se refiere a las armas convencionales empleadas por los hombres, ya que, como se verá más adelante, en caso contrario se especifica el objeto empleado para la ocasión. A diferencia de la estratagema premeditada de los habitantes de Salmantica, esta sí sería, probablemente, una actuación espontánea e improvisada de las mujeres lusitanas[13].

Es cierto que los textos, a menudo, pueden ofrecer una visión un tanto distorsionada de la realidad como resultado del uso de los recursos literarios. No obstante, en esta ocasión, los avances en la investigación arqueológica corroboran lo que narran los textos, ya que contamos con evidencias que posibilitan sostener la versión de la participación activa de mujeres en conflictos bélicos como combatientes. El ejemplo del yacimiento de Maiden Castle (Reino Unido), fechado en el periodo de la Edad del Hierro británica (c. 800 a. C.- 43 d. C.), permite examinar esta cuestión. En él se han excavado tumbas datadas entre el siglo i a. C. y el siglo i d. C., en las que se han hallado restos óseos femeninos que presentan cortes y lesiones que se asemejan a las heridas de guerra. R. C. Redfern sugiere que dichas lesiones, aparentemente relacionadas con un enfrentamiento armado, podrían revelar la participación directa de estas mujeres en el enfrentamiento armado (2012, 85-86). Incluso en la Columna de Trajano podemos apreciar a mujeres (sin duda no romanas, aunque su procedencia exacta es incierta), en una escena que parece representar la tortura a unos cautivos semidesnudos[14] (Martínez López & Oria 2021, 37-38). A pesar de que, en este caso, para la interpretación de la escena se debe tener en consideración el programa ideológico impulsado por el emperador con la erección de este monumento, ambos ejemplos (los derivados de la arqueología y la iconografía) demuestran que, más allá de la literatura, también constan mujeres combatientes en otro tipo de fuentes.

2.2. El combate desde la distancia

Como se ha podido ver, el combate cuerpo a cuerpo femenino es una actuación poco común de las mujeres que se atestigua en contextos muy particulares[15]. En la historiografía antigua, sin embargo, aparecen otras formas más habituales de colaboración femenina en escenarios bélicos que van más acorde con los patrones de género establecidos. Una de las formas más habituales y reconocidas de participación femenina la encontramos en los conflictos urbanos, y más concretamente en situaciones extremas como la toma de una ciudad. Estas se caracterizan por su espontaneidad y por la carencia de una organización previa, pero a su vez, llegado el momento, cada uno de los participantes sabe cuál es su deber y toma sus respectivas posiciones.

El patrón literario en estas situaciones siempre es el mismo: un ejército hostil se acerca a la ciudad y los hombres en edad de luchar abandonan la protección de las murallas y se presentan ante el enemigo para el combate en campo abierto. Mientras tanto, en un momento en el que predomina el pánico y la incertidumbre, aquellas personas que no se consideran físicamente aptas para el combate, es decir, las mujeres (muchas veces acompañadas por sus hijos) y los ancianos[16], toman sus posiciones en lo alto de las murallas y los tejados de las viviendas[17]. Más allá de las distinciones sociales, Lefebvre 2024, 119-120 señala que, entre los civiles, también destacarían los esclavos, y que, aunque no participarían más que en circunstancias excepcionales, su implicación demostraría cierta integración en el seno de la comunidad. A partir de este momento, la propia narración de los acontecimientos hace al lector imaginar el escenario visto a través de los ojos femeninos.

Este enfoque, tan recurrente en la historiografía, es conocido como teichoskopeia, teichoskopia ο τειχοσκοπία, y constituye un recurso literario que hunde sus raíces en la épica griega (Chrystal 2017, 16), siendo la escena protagonizada por Helena y Príamo en el alto de las murallas de Troya (Ilíada 3.161-244) el antecedente directo y uno de los episodios más célebres de este ejemplo. Encinas 2017, 1-2 lo define como «término con el que se designa la contemplación de una batalla desde la posición de seguridad ofrecida por una muralla o fortificación».

Desde estos emplazamientos las mujeres pueden tomar, por lo general, dos actitudes: bien pueden aparecer como simples espectadoras lamentando los horrores de la guerra[18], en ocasiones cumpliendo una función parenética o motivadora para levantar el ánimo de los soldados y exhortarlos a seguir luchando (Aka 2015, 303-305)[19]; o bien pueden coger las riendas del asunto y contribuir ellas mismas en la lucha, combatiendo desde una posición elevada, arrojando diversos objetos que nada tienen que ver con las armas convencionales empleadas por los hombres[20]. Ambas conductas quedan registradas en la literatura grecolatina, pero para el caso que nos ocupa, solamente se contemplarán aquellos ejemplos que nos sirven para acreditar la colaboración femenina en los conflictos urbanos.

En este sentido, resulta muy interesante ver cómo en estos relatos existe una distribución espacial de género claramente definida y articulada mediante construcciones arquitectónicas: los hombres ocupan el terreno, mientras que las mujeres se distribuyen a lo largo de los tejados[21], o en lo alto de una muralla o fortificación[22]. Algunos autores han calificado estas intervenciones femeninas como «anómalas» y excepcionales, dado que las mujeres transgreden los roles establecidos ocupando un lugar, público y abierto, que a priori no les pertenece[23]. No obstante, y aunque la anomalía sea evidente, su actuación conjunta quedaría justificada por varias cuestiones. Por una parte, por la gravedad y la extrema necesidad de la situación que provoca que todos colaboren conjuntamente para un mismo fin: la defensa de su ciudad ante la invasión enemiga, y en estos contextos, la participación de las mujeres formaría parte de su deber como miembros de la comunidad. Pero por otra, por la misma naturaleza del espacio que ocupan. Estas actuaciones se hacen desde la retaguardia y siempre desde una posición que les ofrece una mínima protección y distancia del contacto directo con los combatientes[24]. La elección de los espacios tampoco es casual, pues, en el caso de los tejados al menos, las mujeres actúan desde una ubicación que remite a su espacio designado —la casa—, es decir, protegen la ciudad casi sin salir de su esfera de actuación (Eramo 2022, 89). El caso de las murallas es igualmente interesante, pues se trata de un elemento que contiene una profunda carga simbólica. Por un lado, constituyen un límite físico y metafórico de una comunidad y marcan la distancia entre el «yo» y el «otro», por lo que su integridad debe ser protegida para mantener la comunidad a salvo (Welch 2015, 23). Pero al mismo tiempo, es un elemento que separa a los combatientes en el campo de batalla de los espectadores que los observan desde las murallas y a los que permite una vista desde arriba.

Sea cual sea la barrera que separa a ambas partes, esta se difumina en términos de lo personal, pues cada una de ellas tiene un vínculo afectivo con alguno de los implicados directamente en la contienda, se encuentran en el mismo entorno espacial y participan emocionalmente en los acontecimientos. Sienten el sufrimiento de los combatientes en la batalla porque la vida y la muerte de sus seres queridos están en juego, al igual que su propio destino. Es un enfoque que se caracteriza, por lo tanto, por un distanciamiento espacial, pero a su vez, por una proximidad emocional (Fuhrer 2015, 54).

Del mismo modo, y como ya había adelantado, también se puede realizar una lectura de género del uso de las armas que hace cada una de las partes. En el caso de los combatientes varones, normalmente, no se suele especificar el tipo de arma empleada, simplemente se utiliza el término genérico ὅπλα, pues se presupone a qué se refiere. En el caso de las mujeres, en cambio, se hace una clara distinción ya que se suele señalar explícitamente el tipo de elemento empleado, habitualmente piedras y proyectiles (mencionados en las fuentes como lithos kai béle, o saxa), pero también vajilla y tejas (tegulae), y otros objetos (et alia) parecen haber sido eficaces para este tipo de combate urbano[25]. Este detalle no es casual, ya que en la mayoría de los relatos de guerras donde las mujeres participan, salvo excepciones como los casos antes mencionados, suelen asociarse con el uso de objetos improvisados en lugar de armas convencionales, tradicionalmente ligadas al combate masculino. Por lo tanto, el hecho de que la intervención forme parte de una excepcionalidad y que se realice desde una posición elevada y con objetos improvisados y cotidianos que estuviesen a mano, hace que su participación quede validada ante los ojos de los escritores grecolatinos (Eramo 2022, 91-92).

Este enfoque resulta especialmente sugerente, ya que proporciona una perspectiva de la guerra distinta a la tradicional. Diversos autores coinciden en que esta técnica de desplazamiento de la mirada permite contemplar el conflicto desde la óptica femenina, y, sobre todo, «contribuye a mostrar el impacto de la guerra en los roles de género» (Encinas 2017, 7). Además de describir la escena bélica y los actores masculinos —habitualmente situados en el centro de la mirada del público—, lo verdaderamente novedoso es que pone énfasis en las reacciones de quienes los rodean, aquellos colectivos que, aunque no estén en la primera línea de la batalla tienen un vínculo afectivo que les une y con quienes comparten emociones, resaltando así el impacto y las consecuencias negativas del fenómeno bélico (Fuhrer 2015, 53). Pero al mismo tiempo, es una perspectiva que nos permite poner el foco en ellas, y señalar que la experiencia vivida por las mujeres se asemeja a la de los hombres en cuanto a que se encuentran en un mismo espacio y tiempo, pero que la propia distribución del espacio condiciona, de alguna forma, la experiencia y provoca percepciones distintas.

2.3. Otras formas de colaboración

La contribución de las mujeres a la guerra no siempre estuvo vinculada a la violencia; sin embargo, en situaciones extremas, su participación podía ser decisiva para cambiar el rumbo de batallas en las que su bando se encontrase en desventaja. En momentos críticos, cuando todo estaba en juego, cualquier tipo de aportación era válida y cualquier recurso podía ser utilizado; incluso elementos tan simples como el cabello de las mujeres parecen haber tenido utilidad con fines estratégicos en el campo de batalla.

Diversos autores relatan escenas en las que las mujeres cortaron sus cabelleras y las ofrecieron para la fabricación de cuerdas destinadas a distintos usos bélicos, como arcos, catapultas, máquinas de guerra y navíos, y es que las propiedades del cabello femenino, su finura, longitud y elasticidad, lo hacían especialmente adecuado para la elaboración de estos materiales (Eramo 2022, 94). En las fuentes literarias esta acción siempre es descrita como un acto colectivo, ya que nunca se menciona a una sola mujer realizándolo, sino que siempre es el conjunto de mujeres, en los textos mencionado como muliebri, y compuesto probablemente en su mayoría por matronas, quien lo lleva a cabo.

La primera referencia a un contexto romano remite al sitio de Roma por parte de los galos que data del año 390 a. C., un acontecimiento que es mencionado por Lactancio siglos después[26]. En esta extrema situación, los romanos asediados en el Capitolio, a falta de material, construyeron máquinas de guerra con cabellos de mujeres. Pero este no parece haber sido un caso aislado que quedase en mera anécdota. Los autores relatan numerosos casos similares, registrados en diversas cronologías que abarcan desde el siglo iii a. C. hasta el siglo iii d. C. y en distintos rincones geográficos, en los que las mujeres decidieron renunciar a un símbolo de su feminidad para salvar la ciudad[27].

Sabemos que, en la antigua Roma, el cabello de la mujer contenía un profundo valor simbólico y era considerado una de sus características físicas más preciadas, especialmente en el caso de las matronas, cuyo pelo largo y bien peinado no solo reflejaba su atractivo, sino que era distintivo de su estatus. El peinado era una forma de comunicación no verbal que transmitía información sobre la edad, la posición social y el rol público de cada mujer (Bartman 2001, 1). Es más, los autores siempre que enfatizan los cabellos sueltos y revueltos de las mujeres se refieren a contextos de inestabilidad, donde este elemento adquiere un carácter simbólico asociado al mal augurio, como se citará más adelante. Por ello, resulta significativo el hecho de que las mujeres ofrecieran su cabello, renunciando así a su feminidad e integridad física, que, sin duda, se podría calificar como un acto altruista y patriótico. Ahora bien, al margen de cuestionar la utilidad y eficacia que pueda tener el uso del cabello para tales fines, quizás cabría preguntarse si no estamos ante otro topos historiográfico construido en torno a la figura de la mujer romana para ilustrar situaciones desesperadas (Eramo 2022, 93-96).

Al hilo de la aportación de materiales, en situaciones extremas, además de la entrega de sus cabelleras, las mujeres cooperaron en la financiación de la guerra aportando una de sus más preciadas riquezas: las joyas. Fuera por un acto de propia voluntad, o por la necesidad extrema de financiación que la comunidad tuviera para poder solventar las condiciones económicas impuestas por los vencedores, las mujeres realizaron esta contribución como un acto de evergetismo femenino en pro de su comunidad. Valerio Máximo[28] y Apiano[29], por ejemplo, nos recuerdan que, durante la segunda guerra púnica, dado que las arcas de la ciudad no daban más de sí, todos los colectivos sin distinción, mujeres y niños incluidos, tuvieron que aportar el oro y la plata que guardaban en sus casas para poder hacer frente a la guerra contra los cartagineses. Hortensia defiende en su discurso que se trató de un acto voluntario por parte de las mujeres debido a la gravedad de la situación más que de una obligación fiscal interpuesta por el Senado, recordando que fue un caso puntual y ligado a las extremas circunstancias del momento[30]. Situación similar a la que se vivió en el transcurso de la guerra de los mercenarios contra Cartago, que tuvo lugar entre los años 241 a. C. y 238 a. C., en la cual, según Polibio[31], las mujeres tuvieron que despojarse de sus joyas para poder asumir el gasto de las soldadas[32].

Otras veces, la contribución, más que para financiar la guerra, estuvo destinada a aportar al pago exigido por el general vencedor, como ocurrió en el contexto del asedio del Capitolio en Roma en el 390 a. C., cuando gracias a la donación de las mujeres se consiguieron recaudar las mil libras de oro que debían entregarse a los galos por desistir del asedio[33]; o para poder completar la suma de dos mil talentos que tuvieron que aportar a Mitrídates los de Quíos durante la primera guerra mitridática (90 a. C.-85 a. C.)[34]. Una finalidad completamente diferente tuvieron las joyas que aportaron al erario las matronas en el 395 a. C., ya que, en esa ocasión, se emplearon para cumplir con la promesa de Camilo a Apolo de Delfos por la ayuda prestada durante la toma de la ciudad de Veyes (396 a. C.)[35].

Igualmente se podrían incluir en el relato otras formas de contribución femenina, como la de aquellas que cooperaron en trabajos de construcción, las que auxiliaron a los soldados suministrando alimentos y atención a los heridos[36], o las que generaron caos social y participaron en revueltas con el fin de disuadir y confundir al enemigo (Aka 2015, 305-306). O las que, más allá de los límites de las ciudades, desempeñaron prácticas diplomáticas[37]. Algunas fueron mediadoras en disputas tanto internas como externas de comunidades en contextos de crisis en los que el statu quo de la res publica se podría ver amenazado; otras, en cambio, fueron utilizadas como «objetos de cambio» en asuntos externos, convirtiéndose en garantes de acuerdos o nuevas alianzas diplomáticas[38]. Se trata de una amplia línea de investigación que actualmente se encuentra en auge y que presenta horizontes prometedores, pero como requiere de un estudio más minucioso, en esta ocasión no se profundizará más allá de esta simple mención.

3. Prodigios: el anuncio de catástrofes y peligros

La contribución de las mujeres no solo se limitó a las actuaciones bélicas, sino que también participaron a través de la religión mediante supplicationes, que igualmente han producido ejemplos en la historiografía.

Los asaltos de comunidades enemigas no eran las únicas amenazas y peligros que enfrentaban las ciudades, que también estaban expuestas a peligros ajenos a la voluntad humana como los prodigios (también conocidos como portenta u ostenta), fenómenos considerados antinaturales y temidos que expresaban la cólera divina[39]. En una sociedad profundamente religiosa, donde la armonía con los dioses era considerada como el eje central para el orden y la supervivencia comunitaria, estos prodigios se interpretaban como señales de enfado divino y de ruptura de la pax deorum, poniendo en riesgo la estabilidad de la ciudad.

Dentro de la dinámica de la relación divino-humana, la manifestación de un prodigio era el medio de comunicación de los dioses con los humanos, que se podía materializar mediante señales en forma de voces o con apariciones inusuales, y de cuya interpretación se podía deducir la aprobación o desaprobación divina, así como los sucesos futuros o inmediatos (Montero 2006, 29). Por lo general, en la sociedad romana el prodigio poseía una connotación desfavorable y vaticinaba peligros y amenazas para la continuidad de la ciudad y la de sus habitantes: guerras, masacres, hambrunas, enfermedades, plagas, etc.[40] Pero lo más alarmante era que estos hechos anunciaban que la armonía con los dioses, el verdadero fundamento y la condición primordial para el bienestar de la comunidad y del Estado que se sostenía mediante el buen cumplimiento de los ritos, había sido quebrantada, y, por lo tanto, anticipaba un grave castigo que afectaría al conjunto del populus romanus[41]. Solamente el oficio de las correctas ceremonias expiatorias (procuratio prodigiorum) en forma de purificaciones, plegarias, sacrificios y ofrendas, garantizaba el fin del peligro. En la época republicana, al ser el Senado la máxima autoridad religiosa, era suya la responsabilidad de gestionar los medios y destinarlos para tal fin, pero la implicación de toda la comunidad, incluidas las mujeres y los niños, era indispensable para aplacar la cólera divina (Montero 2020, 11-12).

Al revisar la literatura relativa a los sucesos catalogados como prodigios, se observa que una de las reacciones y formas más frecuentes de solventar el problema era la realización de una supplicatio[42], que se llevaba a cabo mediante ritos que tenían lugar en los templos de la ciudad[43]. Este parece haber sido el medio de comunicación más directo y eficaz con los dioses, ya que se invocaba a la divinidad oportuna por su propio nombre y se realizaba la petición con precisión bajo el aval de una ofrenda (Marqués 2021, 155). Llama la atención el notable protagonismo de las mujeres en dichas actuaciones. Los textos parecen indicar que la implicación de las mujeres para el restablecimiento de la pax deorum era mayor que la de sus conciudadanos masculinos, bien fuera por la propia voluntad de las mujeres, bien por una orden emitida por la autoridad. De todas formas, entre los autores parece percibirse una ligera intencionalidad por resaltar la agencia femenina (poniendo especial énfasis sobre las matronas y las doncellas) a la hora de llevar a cabo las acciones necesarias para restablecer la concordia entre lo humano y lo divino[44].

Pero, además, Février 2019, 116-117 aporta una diferenciación muy interesante y es que distingue las súplicas espontáneas de carácter patriótico de las suplicaciones oficiales decretadas por el Senado para la procuración de prodigios.

En el primer bloque, la puesta en escena relatada en numerosas ocasiones es muy reveladora y parece seguir un patrón recurrente en la literatura grecorromana: los hechos desencadenaban una reacción de histeria colectiva cuando en la ciudad se desataba el caos y la incertidumbre por el devenir; las mujeres, y, sobre todo, los colectivos antes mencionados, se echaban a las calles, y sueltos los cabellos y con las vestiduras rasgadas, acudían a los templos para implorar clemencia ante los dioses en medio de súplicas y plegarias[45]. En estos episodios se puede observar cómo las mujeres actuaban en su mayoría como colectivo y bajo su condición de matronas.

Février realiza un análisis de estos comportamientos y concluye que estas escenas tienen una carga simbólica encarnada en un lenguaje no-verbal que establece un canal de comunicación con lo divino. El suplicante eleva las manos con las palmas vueltas hacia el cielo con el propósito de establecer un vínculo simbólico con la divinidad. Para los romanos el poder divino residía en objetos tangibles, lo que explica la necesidad de tocar o abrazar estatuas antropomorfas de deidades. Sin embargo, en este contexto, dado que el contacto directo con la divinidad resultaba imposible, dicho vínculo se sustituye mediante el gesto de las manos elevadas.

Junto con la elevación de las manos, otro gesto fundamental en la súplica es el arrodillamiento del suplicante ante los dioses, una postura que Février cataloga como propia de la devoción femenina. En este caso, su valor simbólico es inequívoco, pues denota la inferioridad del suplicante frente a la autoridad divina. De este modo, las posturas adoptadas en la súplica no solo reflejan una actitud humilde, sino que también presentan una clara lectura de género. En particular, el ponerse de rodillas se considera un gesto feminizado que incluso los autores de la época exponían que implicaba un gesto degradante. La combinación de ambos gestos tiene una finalidad común: manifestar una actitud de sumisión absoluta (moral y física) ante la divinidad con el fin de propiciar una respuesta favorable a la plegaria.

A estos dos elementos se les añaden unas expresiones más que pueden variar en función del relato pero que complementan y refuerzan aún más el valor de la puesta en escena. En ocasiones se alude a los cabellos sueltos y revueltos, los vestidos rasgados, y sollozos. Las mujeres incluso pueden aparecer barriendo los suelos de los templos (a veces utilizando su propio pelo como escoba) y siempre acompañado de rezos y lamentos orales, manifestando su desesperación y dolor más profundo. Aunque cada uno de los gestos tenga un significado particular, estos deben ser analizados en su conjunto, pues es la acumulación de expresiones y la puesta en escena lo que le da valor al ritual de la supplicatio (Février 2019, 45-50).

A diferencia de estas manifestaciones espontáneas, hubo otras más ordenadas que seguían una serie de protocolos y ritos expiatorios en las que intervenía el Senado. Recaía en él la declaración del prodigium para el cual se contaba normalmente con la representación de los pontífices, y, una vez declarado, se convocaba a los arúspices para que procedieran a su interpretación a través de la consulta de los Libros Sibilinos (Marqués 2021, 184). Acto seguido, se llamaba al pueblo a participar en las rogativas y los sacrificios[46] de carácter oficial destinados a restaurar el bien común[47]. La ciudad llevaba un registro de los prodigios ocasionados, y, cada año, el Senado se reunía y determinaba cuáles eran las medidas expiatorias que debían adoptarse en respuesta a los prodigios declarados el año anterior (Schultz 2006, 29). Por lo general, eran escasas las manifestaciones del culto público en que los romanos estaban autorizados a participar a la par que los sacerdotes o los magistrados. Y aún más infrecuentes eran aquellas en las que, sin distinción de posición social, los ciudadanos eran llamados a colaborar en favor de la salvación común (Février 2019, 151-152). Pero esta era una de las excepciones.

Hoy, algunas voces abogan por considerar que las romanas participaron en la religión oficial actuando en los márgenes de la religión pública, y ejemplos como este nos demuestran que, aunque con ciertas restricciones y límites, las mujeres romanas sí contaban con margen de actuación dentro de la religión cívica a través de su participación en las festividades matronales y las supplicationes (Cid 2007, 13-26; Mañas 2019, 100)[48]. Y no solo eso; también se les ha reconocido un cierto grado de organización grupal y capacidad de liderazgo que a menudo se ha puesto en relación con el denominado ordo matronarum (González Estrada 2024, 464-465). No obstante, estas intervenciones, y en general la religiosidad femenina y sus expresiones, estuvieron subordinadas al control masculino y estatal, siendo utilizadas como herramientas útiles del poder a las que recurrir cuando las circunstancias lo requerían, especialmente cuando se necesitaron suplicantes para convencer a los dioses para que mostraran clemencia (González Gutiérrez 2021, 130-131). Por lo tanto, estas acciones llevadas a cabo por mujeres no se deberían entender tanto como señal de una mayor religiosidad por parte de las mismas, sino más bien como parte de su deber patriótico dentro de la comunidad. Incluso Février 2019, 113 habla del patriotismo de las mujeres al señalar que en las manifestaciones espontáneas son las matronas mismas quienes toman la iniciativa de dirigirse a los dioses, movidas por su instinto de madres, su deber de esposas y su servicio a la comunidad.

4. Conclusiones

Este trabajo ha pretendido visibilizar la colaboración femenina en el contexto bélico, un ámbito tradicionalmente considerado puramente masculino. En un escenario narrativo en el que suele atribuirse la participación activa a la figura del combatiente varón, y en el que las mujeres aparecen casi exclusivamente en calidad de víctimas, se ha puesto de relieve la necesidad de incorporar la experiencia femenina, tanto en la retaguardia como en el frente, reconociendo su papel activo en los acontecimientos de guerra. Para que la narración sea completa y coherente, se deben presentar todas las partes implicadas, y teniendo en cuenta que el impacto del conflicto alcanza a toda la sociedad, excluir a las mujeres del relato nos lleva a omitir a la mitad de la población, y con ello parte de la realidad vivida.

Las referencias aquí estudiadas, entre las que destacamos aquellas recogidas por Plutarco en su obra Mulierum Virtutes, revelan el comportamiento ejemplar de algunas mujeres, particularmente en lo que respecta a la fidelidad hacia Roma y el compromiso con su comunidad. Se ha insistido sobre todo en sus acciones colectivas, y su capacidad de implicación que obedece a un claro propósito de contribuir a la supervivencia de su comunidad, llegando a ver en ellas un cierto sentimiento patriótico. Aun así, está claro que, en cierta manera, su actuación también debió de obedecer a intereses individuales, pues la derrota acarrearía graves consecuencias para ellas. En tales circunstancias, toda la comunidad se ve involucrada, aunque con distintos roles y motivaciones.

A pesar de que los testimonios escritos de mujeres implicadas en combate cuerpo a cuerpo resultan escasos, se han documentado otras formas de colaboración ligadas a roles de género asignados a la feminidad (enfocados sobre todo a la colaboración y auxilio, o mediante la intervención a través de la religión). Pero eso no resta importancia dentro del marco general del esfuerzo bélico. Es más, son la osadía y su capacidad de coacción lo que honra a estas mujeres y las razones por las cuales son recordadas. Cuando la situación así lo requirió, las mujeres supieron unir sus fuerzas y llevar a cabo actuaciones colectivas con mayor o menor grado de organización, asumiendo los riesgos que ello podría generarles. Todo ello pone en evidencia que, aunque fuera en un marco de excepcionalidad, las mujeres contarían con cierto margen de actuación en el seno de sus comunidades.

Finalmente, este trabajo también ha buscado poner de relieve la necesidad de reconsiderar nuestra noción sobre los espacios. Tal y como se ha expuesto, incluso en aquellos escenarios considerados masculinos por antonomasia —como el bélico— se pueden rescatar testimonios de la participación de mujeres, y no necesariamente como espectadoras. En este sentido, tal y como argumenta la investigadora Amy Russell 2016, se ha querido subrayar la importancia de repensar su conceptualización, ya que, en realidad, son escasos los espacios que pueden definirse como exclusivamente masculinos o femeninos que tengan carácter restringido. Dicho esto, considero que sería más adecuado hablar de los escenarios como espacios híbridos donde convergen múltiples experiencias y que el conjunto de todas ellas forma parte de un único relato vivido desde varias perspectivas.

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[1] Este trabajo se inscribe dentro del proyecto del MICINN [PID2023-147858NB-I00] titulado La fragilidad de la paz romana: la tregua y sus contextos durante la República romana y del grupo de investigación GIU21/009 de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) «Relaciones políticas y categorías sociales en Grecia y Roma».

[2] Destacamos algunas de las más recientes publicaciones de referencia: Fabre-Serris & Keith 2015; Chrystal 2017; o la reciente publicación de la tesis doctoral de Julia Guantes García (2024).

[3] Aun así, incluso cuando aparecen como víctimas de guerra, rara vez se precisan las repercusiones que los hechos acaecidos tienen sobre ellas y sus cuerpos, ni las heridas que esto les haya podido causar. Pero, para Mathieu 2011, que estos cuerpos nunca se describan ni se detallen no nos debería sorprender, ya que no solo se trata de cuerpos hostiles a los romanos, sino, sobre todo, son cuerpos opuestos a su carácter; por lo tanto, no merecen ni ser mencionados.

[4] Plb. 2.58 (223 a. C.); Liv. 5.22.1 (396 a. C.); 40.49.1-4 (179 a. C.); Tac. Ann. 2.13.1-2 (16 d. C.); App. Hisp. 32 (206 a. C.); 99 (ca. 97-95 a. C.); Pun. 15 (segunda guerra púnica, 204 a. C.); Just. Epit. 34.2 (146 a. C.), forman parte de un conjunto reducido dentro de los abundantes ejemplos presentes en la literatura de todo el período romano que tratan sobre la violencia contra los cuerpos femeninos. Para profundizar en este tema, véase también Hulot 2022, Martínez López & Oria 2021, Rubiera & Guantes 2024 y Vikman 2005. De igual forma, para obtener una perspectiva más amplia de la violencia de género y el uso de los cuerpos femeninos en estos contextos se recomienda la obra de Molas et al. 2006.

[5] Evidentemente, la iconografía también nos puede dar indicios sobre el combate de las mujeres, aunque a estas no se aludirá más que puntualmente.

[6] En los últimos años se han publicado varios estudios sobre el análisis de las mujeres en la obra de Polieno. Entre otros, mencionamos Oller 2017 y Guantes 2020.

[7] Plb., 3.14.1.

[8] Liv., 21.5.

[9] Plut., Mor.De mul.Vir. 248E-249A.

[10] Polyaen., Strat. 7.48.

[11] El topónimo de esta ciudad puede variar según el autor. Polibio se refiere como Ἑλμαντικὴ, mientras que Tito Livio llama Hermadica, Plutarco Σαλματικῇ y Polieno Σαλματίδα (Eramo 2022, 98).

[12] App., Hisp. 71-72.

[13] Para saber más sobre los dos ejemplos analizados de las mujeres hispanas, así como el tópico de la barbarie asociado a las «mujeres-guerreras», véase Hernández García 2021, 54-58.

[14] Sobre el debate acerca de esta escena n.º 45 representada en la columna, véase Dillon 2006.

[15] Aquí citamos también, aunque no explicamos, el caso de las amazonas por tratarse de guerreras legendarias.

[16] De todas formas, cabe señalar que la figura de los ancianos tiene un valor simbólico diferente al de las mujeres. En este caso, los ancianos representan la sabiduría adquirida por la experiencia, pero al mismo tiempo se perciben como sujetos que remiten al pasado nostálgicamente. En una misma figura confluyen dos visiones contrapuestas: una positiva (experiencia) y otra negativa (el recuerdo nostálgico de un pasado) (Roisman 2005, 107-113). Para profundizar en esta cuestión, así como en la participación­ de los mismos en contextos de sitios, ver Stouder 2022.

[17] Incluso en alguna ocasión puntual se denota la participación desde las ventanas de las casas (Veg., Mil. 4.25).

[18] Sall., Iug. 94; Verg. Aen. 12.129-133; Liv., 7.11.6-10; 26.13.11-13; 41.12; Luc., 7.360-374; Tac., Ann. 3.1; Hist. 3.84; App., Hisp. (2)12; Sil. Pun. 2.250-265; Just. Epit. 34.2.

[19] Esta imagen de las mujeres en las murallas tomando una actitud de observadoras es muy frecuente encontrarla en las arengas o discursos motivadores recitados por los generales a sus tropas antes de enfrentarse a una batalla. Haciéndoles imaginar que sus madres y esposas los observan desde las murallas de la ciudad se pretende levantar el ánimo de los combatientes para seguir luchando por aquello que han dejado atrás. Esto está intrínsecamente ligado a la simbología de la figura de la mujer, una idea estrechamente conectada con la patria y de la que emana un sentimiento de pertenencia. Estas cuestiones han sido profundamente estudiadas por Bonjour 1975 y Sébillotte Cuchet 2005; 2006.

[20] Sall., Iug. 67; D. H., 10.15.1-2; Liv., 5.21.10-13; Plut., Mor.De mul.vir. 244F-245C; 245D-E; Plut., Brut. 31; App., Hann. 39.

[21] Sall., Iug. 67; D. H., 6.92.6; 10.15.1-2; Liv., 5.21.10-13; Joseph., BJ. 3.303.

[22] Plut., Brut. 31; App., Hann. 39; Herod., 8.4.7. Para contrastar con los ejemplos derivados de contextos griegos, véase Martínez Morales 2019.

[23] Al margen de los ya mencionados ejemplos romanos, también encontramos múltiples ejemplos en contextos griegos en los que las mujeres cobran relevancia con su implicación en las contiendas urbanas: Plut., Mor.De mul.vir. 244F-245C; 245D-E; Plut., Pyrrh. 34.1-4; Polyaen., Strat. 8.68, 69; Th., 2.4; 3.74.1.

[24] De hecho, para un soldado romano recibir la muerte a causa de un objeto lanzado desde la distancia se consideraba una forma denigrante de morir, pues se asociaba con la implicación de la mujer en la contienda (al ser esta la forma en la que ellas participaban), y, por ello, simbolizaba morir en manos de una mujer (Lefebvre 2024, 186-187). La misma connotación negativa tendría para un romano combatir desde la lejanía en lugar de desde el propio terreno de combate, como se esperaba de un hombre.

[25] Barry 1996 realiza un interesante análisis desde una perspectiva de género sobre el uso de las tejas y su eficacia en los conflictos urbanos y las revueltas.

[26] Lact., Inst. 1.20.27-28.

[27] Los cartagineses durante la tercera guerra púnica (146 a. C.): Flor., 1.2.15.7-10; D. C., 21.71; Frontin., Strat. 1.7.3. Los cimbrios en el transcurso de la batalla Campi Raudii (101 a. C.): Flor., Epit. 1.3.3.15-18; Oros., 5.16.17-18. Durante el sitio de Salona (49 a. C.): Caes., Civ. 3.9.3. Durante la ocupación de Bizancio (194 d. C.): D. C., 74.12.4. O en el sitio de Aquileya (238 d. C.): SHA., Max. 33.1. Incluso para cronologías anteriores parece haber sido una práctica a la que ya recurrieron los griegos al menos durante el sitio de la isla de Tasos por los atenienses: Polyaen., Strat. 8.67.

[28] V. M., 5.6.8.

[29] App., BC. 4.33.

[30] Véase Hopwood 2015, 312-317, López López 1992.

[31] Plb., 1.72.

[32] Otro ejemplo parecido lo encontramos en Polibio (38.15.7-11), cuando la Liga Aquea se rebeló frente al poder de Roma en el 146 a. C. y las mujeres entregaron sus alhajas y ajuares para poder costear los gastos del ejército griego.

[33] V. M., 5.6.8. Se puede decir que las mujeres romanas realizaron una doble actuación para salvar a Roma del asedio de los galos: por una parte, contribuyendo con su cabellera a construir la maquinaria bélica, y, por otra, contribuyendo a los fondos económicos de la ciudad con la donación de sus pertenencias.

[34] App., Mith. 47.

[35] Liv. 5-25.8-11; V. M., 5.6.8.

[36] Aquí remitimos a las actuaciones ejemplares que llevaron a cabo Busa (Liv., 22.52.7; 22.54.1-3; V. M., 4.8.2) y Pacula Cluvia (Liv., 26.23) al prestar ayuda a los prisioneros y soldados romanos en el transcurso de la segunda guerra púnica (218-201 a. C.), ambas analizadas por Kowalewski 2002, 305-307; la mujer anónima que hospedó en su propia casa a Servio Galba cuando fue hecho prisionero por los lucanos (Liv., Per. 72.288.4); o las mujeres de los minios, que se desplazaron hasta el campamento donde sus esposos se encontraban cautivos, e intercambiaron la vestimenta, liberando así a sus maridos y ocupando ellas su lugar (V. M., 4.6. ext.3).

[37] Leire Lizarzategui Elu (2022) aborda estas cuestiones en su tesis doctoral.

[38] Vertedor & Boumehache 2023, 17-21; Sánchez Moreno & García Cardiel 2024, 219-224.

[39] A finales de los años sesenta Bloch 1968, 103 definió el prodigio romano como «un fenómeno imprevisto, terrible, antinatural, que escapa a las leyes naturales y expresa sobre la tierra la cólera de los dioses». Una definición con la que coincide Montero 2020, y, posteriormente, Rüpke 2019, 127.

[40] A priori la guerra y los prodigios no tienen una conexión directa. Sin embargo, parece que, en tiempos de crisis, y especialmente en tiempos de guerra, aumentaba el recuento de supuestos prodigios debido al aumento del nivel de miedo entre la población general, que manifiesta una mayor sensibilidad a las desviaciones del orden normal. Por ello, antes del inicio de la campaña bélica, se realizaban anualmente ritos expiatorios a modo de prevención (Rüpke 2019, 129).

[41] Bloch 1968, 77; Rüpke 2019, 127-129; Montero 2020, 9-10.

[42] Estienne señala que, en Tito Livio, se registran más de 80 menciones de este ritual para el período comprendido entre 219 y 167 a. C. Pero las primeras celebraciones del ritual en calidad de expiación son colocadas por el historiador desde 449 a. C. (Estienne 2020, 150, n.35).

[43] Février 2009,128-129 señala que todos los tipos de prodigios, con la excepción de la lluvia de piedras (Liv., 21.62.6; 27.37.4; Obs. 2, 3, 51) normalmente expiada por el ritual del nouemdiale sacrum, y de los casos de androginia, que requerían una procesión de veintisiete jóvenes doncellas con cánticos (Liv., 27.37.7-10; Obs. 27a, 34, 36, 46), han ocasionado, en algún momento u otro, la celebración de una supplicatio.

[44] Para este estudio solamente se han tenido en consideración los casos de prodigios en los que se narra una acción para restaurar el orden, y, por ello, se han descartado aquellos casos en los que los autores se limitan a ofrecer una mera descripción de los hechos acaecidos.

[45] Liv., 3.5.14; 5.18.11-12; 10.23.1-10; 21.62.6-11; 26.9.6-8; 27.50.4-6.

[46] El sacrificio se debe entender como otro canal de comunicación con los dioses, siendo el objeto ofrecido (en su mayoría un alimento de origen vegetal o animal) el intermediario entre lo divino y lo humano. El sacrificio romano está pues vinculado a la idea de alimentar solemnemente la divinidad. Puede considerarse como una prestigiosa comida divina, a menudo seguida de una comida humana, similar, pero no igual, a la de los dioses (Prescendi 2007, 22).

[47] Liv., 3.5.14; 3.7.6-8; 4.30.8-10; 10.23.1-10; 22.1.13-20; 37.3.5-7; 40.37.1-7; Tac., Ann. 15.43-44; Hist. 4.53; Plut., Publ. 21.1-3.

[48] Para profundizar en la participación femenina a través de los actos religiosos, véase González Estrada 2024. Para obtener más ejemplos de la actividad religiosa femenina en contextos de conflicto y riesgo, véase Schultz 2006, 28-37.